Tragourmet se escapa al festival de whisky ahumado más importante de Escocia
Descubre cómo es viajar a Islay durante el Fèis Ìle (Escocia). Destilerías míticas, y la esencia del whisky en una experiencia inolvidable.
Laprohaig (Escocia). Tragourmet.
REPORTAJE DE FRANCISCO COLOMINA
El primer ofrecimiento de whisky se produjo ya en el ferry que me llevaba de Kennacraig a Islay, en Escocia. No tuve ni que esperar a estar en la isla de las destilerías del agua de vida ahumada para que unos jóvenes que estaban rodando algún tipo de reportaje o documental me ofreciesen una cata. Renuncié a ella, porque tenía que conducir al llegar a tierra, para lo cual no quedaba demasiado tiempo.
Fèis Ìle, festival del whisky
Iba a pasar tres días en esta pequeña ínsula escocesa en plena celebración de su Fèis Ìle, festival dedicado a la bebida alcohólica escocesa por antonomasia que se celebra cada mes de mayo. Había reservado los billetes la semana anterior sin saber que tal acontecimiento se desarrollaba durante esos días. Solo horas después, y tras comprobar la dificultad para realizar la visita a alguna destilería en esas fechas, supe que la celebración iba a estar en marcha durante el tiempo que había escogido para mi escapada.
En años anteriores; llevo una década en Escocia; había mostrado interés en asistir al festival en cuestión, pero nunca lo había podido hacer realidad por distintos motivos. En esta ocasión, sin querer, iba a estar presente. Algunos aficionados al mundo del whisky habrán escuchado hablar de Islay. Esta pequeña isla, de aproximadamente 3000 habitantes y conocida como la Reina de las Hébridas, cuenta con la presencia en ella de diez destilerías de whisky. La abundancia de turba en su territorio hace que este sea un “ingrediente” fundamental en las elaboraciones que se realizan allí. Y es que Islay es conocida por ser la isla de los whiskis peaty, ahumados con turba (peat es turba en inglés).

El ferry llega a Port Askaig
Mi ferry llegó a Port Askaig al mediodía del martes. El festival había empezado el viernes anterior y finalizaba el domingo siguiente; nueve días en total de destilerías abiertas al público y otras actividades para entretener a los múltiples visitantes que llegan cada año por estas fechas. Laphroaig era el primer objetivo. Ese día era el suyo y, así, nada más atracar en el puerto, recorrí con mi furgoneta la escasa media hora hasta llegar al sur de la isla. En mi trayecto ya pude sentir la importancia del whisky en el lugar al ver las señales de tráfico que indicaban la dirección hacia las instalaciones de Caol Ila y Bunnahabhain y al atravesar la localidad de Bowmore. Crucé el pequeño pueblo pesquero de Port Ellen comprobando que no iba a estar solo. Gente andando por la senda paralela a la carretera me indicaba el camino que debía seguir. Finalmente, dejé mi vehículo en la zona de aparcamiento habilitada justo a los almacenes de la destilería. Olía a whisky. Mucho.
El Camino de las Tres Destilerías de Whisky
De allí anduve unos cuantos minutos por el Camino de las Tres Destilerías; Laphroaig, Lagavulin y Ardbeg están separadas por escasas millas; hasta llegar a mi destino. A la entrada tuve que elegir entre ser bebedor o conductor. Mi espíritu nada arriesgado y el desconocimiento sobre el grado de exigencia y de existencia de controles de alcoholemia en el lugar me llevó a optar por la pulsera de “perdedor”, la de conductor. Una vez dentro del recinto con mis obsequios, los cuales incluyeron una par de vasos y un pin, busqué comida por orden de mi estómago vacío.

Fish and chips, ostras, hamburguesas, pizzas…
Recurrí al clásico británico: fish and chips; o pescado rebozado con patatas fritas. Los puestos de comida presentes limitaban el resto de la oferta gastronómica a ostras, hamburguesas o pizzas. De repente, en un pequeño escenario en el patio de la destilería empezó a sonar la música. Irónicamente, y supongo que intencionalmente, la primera canción que la banda que actuaba tocó fue Take it easy (“Tómatelo con calma”), de los Eagles.
Almacén de wisky número uno: Laphroaig
Entre los presentes, todavía tímidos o con poco alcohol en el cuerpo, pocos se animaron a bailar. Mis pies se movieron rítmicamente durante varias piezas musicales mientras degustaba la comida y ante el visionado de algún que otro kilt escocés. Posteriormente recorrí la destilería. La posibilidad de entrar al almacén número uno, el primero de Laphroaig, fue, sin duda, uno de los momentos más especiales.
Ver todos aquellos viejos barriles apilados en filas, junto al intenso olor a whisky y madera, en aquel espacio con historia me hizo olvidar los tiempos de producción moderna y capitalista actuales. Por otro lado, salir a la bahía en la que se encuentran las instalaciones, recorrerla y encontrarse con una imagen vista en innumerables ocasiones en fotografías; esto es, las blancas paredes del muro que mira al mar y sobre él, escrito con letras negras y mayúsculas, la palabra LAPHROAIG; tampoco tuvo desperdicio a la hora de reconciliarme con la tradición.

Finalmente, tras un paseo entre puestos de artesanía locales y una visita a la tienda oficial, me dirigí hacia la pequeña carpa en la que se podía recoger una pequeña botella de whisky gratuita como miembro del Club de Amigos de Laproaig, al cual pertenezco desde mi llegada a Escocia. Ese iba a ser mi postre tras la cena de aquel primer día en Islay. Así, en el camping en el que me quedaba, ubicado al otro lado de la isla, en Port Charlotte, y cerca de otra destilería, este caso Bruichladdich, sentado en una silla al aire libre en una noche veraniega escocesa, a pesar de ser todavía el mes mayo, disfrute del sabor a whisky ahumado mirando hacia Loch Indaal y sintiendo el aroma salado del mar.
Segunda jornada: Bowmore
A la mañana siguiente, nada más desayunar con calma al estilo británico en Bridgend, conduje en dirección al pueblo de Bowmore, el protagonista de aquella jornada del Fèis Ìle gracias a su destilería. A las diez de la mañana ya había cola de gente esperando para entrar, a pesar de estar prevista la apertura a partir de las once. De nuevo me encontré con algo de lo que ya me había percatado el día anterior: la presencia de múltiples acentos y múltiples nacionalidades.
Ciudadanos alemanes, estadounidenses, franceses, japoneses, chinos, algún sudamericano, pocos o ningún español a excepción de mí… se mezclaban con el whisky como elemento unificador. El día fue de nuevo cálido y sin nubes, lo cual me obligó a comprar protección solar. Recorrí la pequeña localidad y sus tiendas hasta que decidí unirme a la cola. A la entrada me aguardaba de nuevo la elección entre bebedor o conductor.
¿Bebedor o conductor? Bebedor de whisky
En esta ocasión, opté por la primera. Con una bolsa de tela, un vaso, dos cupones canjeables por dos whiskis y una botella de agua como obsequios, entré en el territorio de la destilería. Nada más hacerlo, a la derecha, en un pequeño puesto canjeé uno de los citados cupones y recibí en mi vaso de cristal con cintas para llevarlo colgado al cuello un whisky de… ¡25 años! Este fue el perfecto acompañante en mi paseo por el lugar.
El plan para los asistentes parecía ser el mismo que el del día anterior en Laphroaig. Así, un escenario esperaba la presencia de una banda para amenizar con música y puestos de comida y de artesanos locales ofrecían sus productos a los visitantes. Decidí perderme en busca de espacios escondidos. Así, encontré la puerta, cerrada en este caso, del almacén número uno.
Cuando ya creía que no iba a poder ver nada demasiado extraordinario, otra pequeña puerta; esta sí que estaba abierta; en un pequeño callejón en el que había una treintena de barriles me permitió entrar; tras dejar salir a dos personas, ya que el espacio era muy reducido; a una nave en la que desde una esquina pude contemplar la majestuosidad de cuatro grandes alambiques dorados entre ruido y olor a whisky en producción.
Instalaciones de Bowmore
Tras este momento para el recuerdo; otro; repetí el paseo por el pequeño espacio costero que ocupan las instalaciones de Bowmore, tal y como había hecho el día anterior en Laphroaig, para poder ver el nombre en cuestión escrito de nuevo en letras mayúsculas negras sobre el fondo blanco del muro exterior.
Las tradicionales pagodas de fondo y en lo alto, que indican generalmente lapresencia de una factorías de whisky, al menos en Escocia, completaban la estampa. Después de pasear durante un rato para dejar pasar el efecto del alcohol ingerido, cogí de nuevo la furgoneta para ir al noroeste de Islay. Allí había reservado una visita guiada a Kilchoman, una de las pocas destilerías independientes y, por tanto, no sujeta a las directrices de grandes grupos empresariales.
La espectacular bahía de Machir
Como aún no era la hora para ello, decidí dar un paseo previo por las dunas y arena blanca de la espectacular bahía de Machir, la cual da nombre a uno de los whiskis de la mencionada marca, como comprobaría poco después. La visita la hice como conductor, por lo cual recibí un par de pequeñas botellas para disfrutar en algún otro momento. Mientras esperaba que esta comenzase, me percaté, en la cafetería y tienda, de la presencia de dos americanos; esto lo deduje por su acento; con los que había coincidido en el ferry de camino a la isla.
En una mesa baja tenían varios pequeños vasos con whiskis de diferentes tonalidades de los que estaban disfrutando. No, ellos no eran conductores aquel día. Finalmente arrancó el tour que nos llevó a conocer alguna peculiaridad de Kilchoman, como es la elaboración de un whisky cien por cien Islay, ya que ellos mismos plantan la cebada para el mismo, la secan y la ahúman con turba de la isla.
También fue interesante saber que cuentan, en relación con otras destilerías, con un número de trabajadores mayor, alrededor de unos 50, dado que tratan de realizar algunos de los procesos de producción de la manera más tradicional posible. La visita duró alrededor de una hora y cuarto. Mi día acabó nuevamente repitiendo lo que ya era una una tradición en aquella escapada: un whiski local al fresco del atardecer. No todo es whisky
Un lugar de naturaleza espectacular

Todavía me quedaba un día más en Islay, el cual decidí emplear en conocer más su parte natural con un par de paseos. La isla, además del mes de mayo gracias al whisky, tiene su momento de mayor número de visitas en invierno. En este caso, el motivo del mismo es la migración de aves. Islay es un lugar en el que varias especies y en gran número de ejemplares deciden pasar las semanas más frías del año. Según pude saber, durante esta temporada, cada año miles de gansos hacen del lugar su residencia invernal. La noche de este último día no podía romper con el ritual y, sentado en mi furgoneta y mirando hacia las imponentes montañas de la isla vecina, los Paps de Jura, me perdí en el sabor de Islay con un trago de su agua de vida. Debe de ser algo psicológico, pero es cierto que sus whiskis tienen un sabor diferente, al menos emocionalmente, cuando se degustan allí.